Por: Irasema Cruz Luna
Reflexionando sobre las emociones
El presente artículo tiene como objetivo reflexionar respecto a la visión social de las emociones y la necesaria gestión de éstas desde la perspectiva de género.
Actualmente el estudio de las emociones ha cobrado especial relevancia; particularmente, la discusión se ha centrado sobre el manejo o gestión de las emociones. Sin embargo, habría que preguntarnos ¿Cuál tendría que ser el punto de partida para la gestión emocional? Y ¿Cuál es el objetivo de dicho estudio?, así como la necesidad de cuestionar la gestión emocional desde la perspectiva género.
Es ineludible establecer que las emociones son respuestas naturales que tenemos los seres humanos ante eventos o estímulos que recibimos. Cada emoción tiene un objetivo específico. Existen emociones positivas o negativas de acuerdo a la experiencia que generan, sin embargo dicha valoración de las emociones se lo ha atribuido la sociedad en la que nos encontramos, pues no nos han educado para sentir y estar en contacto con nuestras emociones o con las de los demás.
Aunque es comprensible que a las emociones se les haya catalogado como positivas y negativas, debido a las sensaciones que estas causan en las personas. Pero si entendemos que cada emoción cumple con una función específica el contacto con cada emoción será más auténtico. Por lo que, será posible que la persona exprese con mayor facilidad su emoción, independientemente de la que se trate.
Además, es necesario comprender que las emociones deben expresarse en el momento en el que se experimentan, pues al reprimirlas se pueden generar malestares, que a lo largo del tiempo pueden llevar a situaciones inmanejables, para quien las vive y para quienes conviven con la persona que se reserva sus emociones. Por lo que siempre es importante reconocer lo que se siente y los pensamientos, y negociar o hablar sobre aquello que sentimos.
Es necesario precisar que cada emoción tiene funciones específicas en el desarrollo de los seres humanos; en este caso centraré mi análisis en la tristeza, el enojo y el miedo, ya que estas emociones se consideran socialmente negativas, pues son señaladas y castigadas por la colectividad; pero además, son emociones que están claramente sesgadas por el género; es decir, se atribuye una diversa valoración si las experimentan los hombres o las mujeres.
La tristeza es una de las emociones más sancionadas socialmente, pues se vincula directamente a la idea de debilidad por parte de las personas. Cuando estamos tristes, es normal que en muchos momentos llegue el llanto, el cual se tiende a ridiculizar. Sin embargo, la tristeza y el llanto son un medio para expresar aquello que nos duele y acongoja. Además, cumple con la función de ayudar a acomodar aquellos pensamientos que surgen tras una pérdida; recordemos que pérdida es aquello que aprecia y le da un valor significativo cada ser humano. Por ello, las personas cuando están tristes también desean en muchos momentos la soledad, pues ésta, nos permite encontrarnos con nosotras y nosotros mismos, con nuestros sentires y pensamientos. Sin embargo, no se nos ha educado para enfrentarnos a la soledad ni a la tristeza, la vemos como una amenaza que debe ser superada de inmediato, pues “en esta sociedad no se ‘vale’ estar triste”.
El miedo también es una emoción socialmente valorada como negativa; sin embargo, debemos advertir que el miedo es normal, todas las personas lo hemos experimentado en algún momento de nuestro desarrollo como personas; los miedos, inadecuadamente tratados se vuelven fobias y por lo tanto requieren atención especializada. El miedo es una emoción necesaria, porque si por alguna circunstancia, percibimos algún peligro, es correcto querer protegerse. El miedo es una manera de responder ante las amenazas, nos permite resguardarnos, y facilita que estemos atentas/os a nuestro entorno para estar seguros. Cuando socialmente se nos obliga a inhibir o negar la emoción del miedo, por considerarla como negativa, se coloca a la persona que lo experimenta en situaciones de riesgo innecesarias.
Ahora bien, veamos que el enojo, es una emoción que a veces suena amenazante, cuando en realidad cumple una función también muy importante para cada persona. Esta emoción, si se maneja de manera adecuada, es una forma de expresar nuestras inconformidades, y por lo tanto, permite poner límites claros ante circunstancias injustas.
Las emociones: una mirada desde el género
Como podemos ver estas tres emociones son necesarias para construirnos como personas integrales y plenas, además de aquellas emociones que son consideradas positivas, y que serán objeto de otra reflexión. Si a las emociones las etiquetamos como “buenas o malas” las personas no querrán poner atención a lo “negativo”, pues lo negativo es castigado y señalado socialmente. Por lo que, con facilidad se evaden las emociones que se consideran “malas” o “amenazantes”.
Desafortunadamente, además de la deficiente educación emocional a que nos hemos referido, encontramos que todavía vivimos en una sociedad que castiga las emociones según el género al que se pertenezca; es decir, mujeres y hombres hemos aprendido cosas totalmente diferentes sobre las emociones y la forma en que las expresamos. Una misma emoción no tiene igual gestión y aceptación, socialmente hablando, para ambos géneros, pues se pueden atribuir valores positivos o negativos, dependiendo si se trata de un hombre o una mujer; efectivamente, la sociedad valida qué emoción es normal en una mujer o en un hombre.
Así hemos aprendido que es correcto que los hombres expresen su enojo, siendo algo justificado socialmente desde un punto de vista biológico. Y aunque es válido que las personas nos enojemos, en el caso de los hombres se valida y se refuerza la idea de la violencia. De esta forma se ha normalizado que un hombre grite, golpeé o castigue de cualquier otra manera a las personas con las que se enoja, principalmente a los hijos/as o a la pareja, en un intento de mantener el poder y someter a los demás.
En cambio, en la misma situación si una mujer expresa su enojo gritando, inmediatamente se le etiqueta como histérica, fuera de control, entre otros señalamientos.
Cuando se expresa tristeza, en el caso de las mujeres, al ser consideradas, a partir del género, como naturalmente sensibles, es “normal” el llanto, se es empático con ella a través del consuelo y la disposición para apoyarla; en cambio los hombres no deben llorar, pues son visualizados socialmente como débiles, faltos de carácter, nada masculinos; recordemos que “los hombres no lloran”.
Cuando analizamos la gestión de las emociones desde la perspectiva de género, podemos observar con claridad lo dañino que resulta en el desarrollo de la personalidad de hombres y mujeres, pues, observemos que, por ejemplo, ante la violencia sentimos miedo, pero la sociedad ha castigado esta emoción y apoya discursos que hacen que las personas, principalmente las mujeres, permanezcan por largo tiempo ante situaciones de inseguridad y riesgo, a veces en nombre del “amor”, por cumplimentar con la carga del género socialmente impuesta.
Consideraciones finales
Tomando como punto de partida las reflexiones de Paulo Freire y de Enrique Dussel, sobre la colonización, puedo afirmar con toda certeza que las emociones también están colonizadas por discursos filosóficos, antropológicos, psicológicos y por el género. Pablo Fernández (2011) en su libro “lo que se siente pensar”, expone que la psicología vino a fragmentar a las personas, queremos entender el comportamiento como algo ajeno a la emoción, a la biología y a todo lo que nos hace humanos. No podría estar más de acuerdo con él, la psicología se ha adueñado de ellas. Pero no sólo eso, han sido los psicólogos hombres quiénes se las han apropiado; por lo que es indispensable evidenciar que las emociones han sido también colonizadas o sesgadas por el género.
En la vida cotidiana el discurso masculino invade las emociones, lo que es entendible al observar que los estudios han sido llevados en su mayoría por hombres. Por lo que, si queremos incidir efectivamente en la forma en que se gestionan las emociones se requiere reflexionar sobre cómo los hombres han integrado el discurso emocional en su cotidianidad. Como bien sabemos culturalmente las emociones de los hombres han sido reprimidas, por lo que no es de extrañarse que hoy en día, todo lo construido respecto al tema emocional tenga relación con el “control” de estas.
Referencia: Fernández, P., (2011), Lo que se siente pensar o la cultura como psicología, México, Taurus.
Irasema Cruz Luna, es Maestra en Educación y Desarrollo Humano por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla y Licenciada en Psicología por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Actualmente es Coordinadora del Centro de Éxito en la Universidad Interamericana. Es docente a nivel licenciatura y preparatoria. Ha impartido conferencias y talleres relacionados con temas de Derechos Humanos, Género y Desarrollo Humano. Colaboró como enlace estatal del servicio de apoyo para detección, atención y canalización de situaciones de violencia en secundarias estatales. Así como en el Programa Abriendo Escuelas para la Equidad de la Organización de Estados Iberoamericanos en colaboración de la Secretaría de Educación Pública.

